Samborondón.- El ataque armado registrado en la Isla Mocolí dejó tres víctimas y evidenció la vulnerabilidad de la seguridad en un sector considerado históricamente protegido. El hecho ocurrió en la etapa Golf Club y generó miedo, alerta e incertidumbre entre los residentes de la isla y de zonas aledañas como La Puntilla.
Vecinos señalaron que la urbanización contaba con filtros privados, accesos controlados y vigilancia permanente, pero los atacantes lograron vulnerar estas medidas: llegaron en vehículos, dañaron la pluma de acceso, golpearon a un guardia y abrieron fuego con pistolas y fusiles, huyendo luego hacia la ribera del río Guayas.
Una de las víctimas fue Stalin Olivero Vargas, alias ‘El Marino’, cabecilla de la organización criminal Los Lagartos. Las investigaciones indican que las víctimas no residían en la urbanización y habrían sido invitadas al lugar.
Los residentes coinciden en que, aunque la seguridad privada es importante, el combate estructural al crimen organizado corresponde al Estado. Demandaron patrullajes permanentes, controles efectivos y un diálogo directo con las autoridades para evitar que hechos como este se repitan.
El ataque demuestra que la violencia no distingue zonas ni niveles socioeconómicos y que la sensación de protección en urbanizaciones cerradas puede romperse rápidamente si no existe una respuesta integral del Estado.
