No hay nada que nos haga sentir más triunfadores que las palabras adecuadas…o más perdedores que las equivocadas, o al menos, las equivocadas para quien las recibe, no para quien las dice. Así como es de fácil hacer un juego de palabras en dos líneas, es de contundente el efecto que éstas pueden causar.

La teoría Goebbeliana asegura que “Una mentira repetida 1000 veces se convierte en una verdad”, frase que ha enmarcado una práctica que esta insertada por décadas en nuestra sociedad. Unas mentes caen en esa trampa de las mentiras repetidas por: ingenuas; otras, por ignorantes y otras más, por perversas.

Si traspolamos todo esto al momento que vive el país, podemos analizar algunas situaciones creadas para mantenernos en la mentira, a base de fomentar sentimientos de lástima, de culpa, de “falsa solidaridad”.

Desde los años 70 organizaciones internacionales iniciaron su “labor” en América Latina para “ayudar y lograr un mundo de equidad para los pobres indígenas”, y así, un grupo de “blancos” los organizó, les puso líderes mestizos o, más bien caudillos, y los convirtió en la masa moldeable para las ambiciones de la izquierda que se encargó de educar -en países socialistas- a unos cuantos de ellos, para demostrarles hasta donde podían llegar…si permanecían aliados con ellos, claro está.

Pero, no estoy escribiendo para analizar el fallido cambio de vida de los indígenas, sino el miserable engaño para todos. Nos envolvieron con palabras motivadoras que nos hacían sentir “buenos” por apoyar discursos que supuestamente apuntaban a una vida llena de derechos y mejoras para ellos, cambios que aún siguen esperando y que probablemente, nunca llegarán, porque fomentando el resentimiento, frustración y violencia, nadie progresa.

Y, ¿Qué pasó con nosotros, el resto de los engañados? Con los cholos, los blancos, los negros, los mestizos que nos reconocemos como tales, con todos los que crecimos escuchando ese discurso. Pues, que muchos terminaron alienados y ahora aceptan, repiten como loros y promulgan abusos en nombre de la justicia para el indigenado.
Hay un perverso juego de palabras, que repetimos constantemente todos y que se acciona con la palabra PUEBLO.

Cada vez que escuchamos esa palabra, resuenan los gritos o sonidos de apoyo. ¡Que viva el pueblo! ¡Primero el Pueblo! ¡No se pueden ir en contra del PUEBLO!. Correcto, y ¿Quién es el pueblo?

¿Solo los indígenas?, ¿Solo los pobres?, ¿Solo los grupos vulnerables?, ¿Que somos el resto? ¿Escoria?, ¿Enemigos?, ¿Tenemos que sentirnos culpables por tener un empleo, comida en la mesa o peor aùn, una casa? ¿Debemos desalojar el país?

Se ha manipulado tanto con las palabras que se ha invisibilizado la verdadera necesidad, la verdadera solidaridad, el real concepto de ser un pueblo. Y no es cuestión de ignorancia, nos han repetido conceptos equivocados para fundirnos eso en el cerebro, para confundirnos y utilizarnos también, sobre todo a la prensa; pero la verdad, yo me declaro rebelde, no me da la gana de aceptar esos conceptos sin antes escanearlos.

Escuchaba a unos periodistas que decían: “Estamos aquí para documentar el abuso de los militares contra el pueblo”. ¡Muy bien! Pero qué… ¿Somos tuertos? ¿Solo vamos a ver la historia de un lado? Si hay violencia, del lado contrario, ¿Eso no se debe de documentar? ¿Ser de una etnia te permite reclamar bajo los términos que sean, ? Fracturar, quemar, latiguear, amenazar, cruzarle el pie con una lanza a una jóven, robarle el celular a una ciudadana trabajadora, amenazar con matar de hambre a un segmento de la población por ser citadino o por ser rico ¿Está permitido por ser indígenas? O, ¿El permiso es por ser pobres? O no, mejor aún es POR SER DEL PUEBLO!

Hemos normalizado tanto la perversidad de las palabras, que ni siquiera nos damos cuenta el verdadero significado de lo que decimos o nos dicen. Solo aceptamos conceptos, sin razonarlos ni cuestionarlos y permitimos que “nos den pensando” . Por ejemplo, si de un lado la policía “detiene” a una manifestante, “es abuso y desaparición” pero si los manifestantes capturan a los militares, es “retención, no secuestro”, y así, nos acostumbramos a esta perversa inexactitud verbal, y encima, la repetimos.

Cuando hay una desconexión entre las palabras y los hechos, hay una mentira de por medio, y cuando esas mentiras se acumulan y se sazonan con intereses políticos, lo que queda es un grupo humano eternamente engañado y utilizado, que pasó de tener de «amos» a los españoles, luego a los criollos, después a los hacendados y hoy a sus dirigentes autopercibidos como indígenas, que a su vez son utilizados por una casta narcopolítica que siempre responsabilizará a los otros grupos ciudadanos, para ellos mostrarse como los salvadores o como una «hada madrina» que los apoya y respalda en sus reclamos. ¡Ah!, pero eso sì, ellos no estarán nunca en las calles, exponiéndose como lo hacen los ingenuos.

No tengamos miedo a pensar, a entender, a tener nuestros propios conceptos. La verdadera pobreza, la verdadera sumisión es aquella que nos impide tener un libre pensamiento, la que nos anula el liderazgo de nuestro propio ser y nos arrastra en una dirección que nunca sabremos si es la correcta, porque no fue la escogida de acuerdo a nuestra propia visión.

Aceptar como sociedad lo que se nos diga, sin analizar ni cuestionar es reconocernos incapaces de construír normas justas para todos y condenarnos a nosotros y a nuestra descendencia a vivir en un país rezagado de la evolución humana y tecnológica, camuflando el estancamiento en la fermentada preservación de identidades culturales y ancestrales, que a éstas alturas, son solo un residuo de lo que los grandes intereses progres quieren conservar.

Patricia Giler Guerrero
Radio CRE Satelital

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