Machala.- Una nueva tragedia golpeó al sistema penitenciario ecuatoriano. En la madrugada del lunes 22 de septiembre, un violento enfrentamiento entre bandas criminales al interior de la cárcel de Machala, provincia de El Oro, dejó al menos 14 personas asesinadas, entre ellas un guía penitenciario, además de múltiples heridos, policías secuestrados, armas robadas y una fuga de reos aún no cuantificada.
Este nuevo episodio de violencia extrema dentro de las cárceles refleja el deterioro progresivo del sistema de rehabilitación social del país y el poder que mantienen las organizaciones delictivas tras las rejas, pese a los operativos de control desplegados en los últimos años.
El inicio del motín: una trampa mortal
Todo comenzó alrededor de las 02h00 locales (07h00 GMT) de la madrugada, cuando el guía penitenciario José Gabriel Pachecho respondió a un llamado en el pabellón Zaruma, donde se reportaba a un recluso como “enfermo”.
Según el reporte de la Policía Nacional, al abrir la celda, Pachecho fue recibido con una ráfaga de disparos por parte de los privados de libertad, recibiendo un impacto de bala en el hombro. El ataque no fue un evento aislado, sino el inicio de un motín planificado que incluyó el uso de explosivos y granadas, marcando un nuevo nivel de violencia en las cárceles ecuatorianas.
El guía penitenciario murió en medio del fuego cruzado, y se convirtió en una de las 14 víctimas mortales de la masacre.
Enfrentamiento entre bandas: Sao Box, Choneros y Lobos
Según declaraciones del comandante policial de la Zona 7, William Calle, los responsables iniciales del levantamiento serían integrantes de la banda Los Sao Box, quienes tomaron control del pabellón Zaruma y luego se desplazaron hacia los sectores dominados por Los Choneros y Los Lobos.
La matanza, indicó Calle, fue el resultado de una violenta disputa entre estos grupos por el control interno del penal. “Básicamente, los fallecidos pertenecen a estas dos bandas: Los Choneros y Los Lobos”, dijo el oficial ante los medios, a las afueras del centro penitenciario.
Los reclusos utilizaron armas de fuego, explosivos artesanales y granadas de mano para atacar a sus rivales, generando un escenario de guerra al interior de una cárcel que, desde hace años, se encuentra sobrepoblada y bajo el dominio de organizaciones criminales.
Policías desarmados y tomados como rehenes
La situación se agravó cuando un grupo de policías que ingresaron para socorrer al guía penitenciario herido fueron tomados como rehenes por los internos amotinados. Según las autoridades, los uniformados fueron desarmados, atados de manos y retenidos durante horas, sin posibilidad de intervenir.
Durante ese tiempo, la violencia se extendió por varios pabellones y dejó además 14 reclusos heridos, quienes fueron trasladados a hospitales de la ciudad bajo resguardo policial. Se activó el protocolo de Código Plata, destinado a manejar emergencias de seguridad en instalaciones médicas.
Fugas en medio del caos
Mientras los enfrentamientos continuaban dentro de los pabellones, varios reclusos aprovecharon el caos para escapar. De acuerdo con el comandante Calle, los presos comenzaron a saltar por un muro posterior de la cárcel, lo que generó una alerta inmediata en los barrios aledaños.
Hasta la mañana del 22 de septiembre, al menos 14 presos habían sido recapturados, pero no se ha podido establecer con precisión cuántos lograron escapar. Las fuerzas del orden desplegaron operativos en distintos sectores de Machala para intentar capturar a los fugados y restablecer el orden.
Además, los presos lograron robar armamento policial, incluyendo un revólver y dos alimentadores, lo que representa un riesgo adicional para la seguridad ciudadana.
Un penal colapsado por la violencia y el hacinamiento
La cárcel de Machala, oficialmente conocida como Centro de Rehabilitación Social de El Oro, tiene una capacidad para 600 personas, pero desde 2022 aloja al doble de su población permitida. La sobrepoblación y la falta de control han convertido a este centro en uno de los más peligrosos del país.
Machala, además, ha sido identificada en reportes internacionales como una de las ciudades más violentas del mundo, debido a su cercanía con puertos utilizados para el tráfico de drogas y la presencia de bandas armadas vinculadas al crimen transnacional.
Desde 2021, más de 500 reos han muerto en masacres carcelarias en Ecuador, y a pesar de múltiples promesas de reformas estructurales, el Estado sigue sin poder recuperar el control pleno de su sistema penitenciario.
Contexto nacional: protestas por el fin del subsidio al diésel
Mientras esta masacre tenía lugar en El Oro, manifestantes bloqueaban vías en la provincia de Imbabura, protestando contra la reciente decisión del gobierno de eliminar el subsidio al diésel. La medida ha generado malestar social y temores de una posible escalada de conflictos en todo el país.
El Gobierno de Daniel Noboa, que recientemente lanzó un plan de compensaciones millonarias para transportistas y agricultores, ahora enfrenta un nuevo desafío: contener la inseguridad carcelaria que amenaza con extenderse a las calles.
La masacre de la cárcel de Machala vuelve a poner en evidencia la fragilidad institucional del sistema penitenciario ecuatoriano, donde las bandas criminales continúan operando con armas de guerra y donde el Estado ha perdido el control de los centros de detención.
Pese a los esfuerzos por reforzar la seguridad con operativos, reformas legales y transferencias presupuestarias, la realidad dentro de las cárceles sigue marcada por la violencia, el hacinamiento y la impunidad.
La ciudadanía, por su parte, observa con temor cómo los hechos dentro de los penales se convierten cada vez más en reflejo del caos que también amenaza las calles del país.
Colaboración: Xavier Velásquez
